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Guatemala, ¿a golpes de fe?
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Guatemala, ¿a golpes de fe?

Abr 30, 2025

Cuando la política se convierte en pelea libre y la religión en telenovela.

En Guatemala, si algo abunda últimamente, son los escenarios de “combate”. Y no, no hablamos del programa televisivo local ni de un nuevo deporte nacional. Hablamos del Congreso de la República y de un templo evangélico en Quetzaltenango, donde se han escenificado —con fervor y vergüenza— dos de las peleas más ilustrativas de nuestra crisis moral e institucional.

El pasado 29 de abril, lo que debería ser un espacio de deliberación democrática se convirtió en un ring sin árbitro. Dos diputadas —una de VAMOS y otra del partido oficial— decidieron intercambiar algo más que ideas; gritos, empujones, jalones de cabello y manotazos.

¿El motivo? Ninguno relacionado con las urgencias del país; ni reformas al Ministerio Público, ni justicia, ni soluciones. Fue, más bien, un reality show político, sin guion, pero con sobreactuaciones violentas.

Y si alguien cree que este fenómeno es nuevo, basta con recordar la reciente trifulca en una iglesia evangélica en Xela. Empujones, gritos y arañazos estallaron durante una reunión de líderes religiosos. Parece que el virus de la intolerancia se propaga más rápido que las reformas democráticas. Con una salvedad: en el Congreso, los golpes vienen con dietas… y con viáticos.

¿Y las consecuencias? Nulas. La Ley Orgánica del Congreso contempla sanciones para comportamientos indecorosos como el del 29 de abril. Pero como todo en este país, su aplicación depende del humor político del día.

Ese mismo Congreso, incapaz de discutir reformas al Ministerio Público para devolver algo de institucionalidad, ha mostrado inusitada eficiencia para garantizarse un aumento salarial. ¡Ya van tres cobros! Tres veces que la dieta sabe más a banquete que a servicio público —y eso que salimos de la Cuaresma. Aunque la Junta Directiva asegura que el aumento fue derogado, el dinero sigue apareciendo en sus cuentas, como si fuera el milagro de los panes y los peces. El país sin rumbo, pero ellos, bien alimentaditos.

Y si de milagros hablamos, volvamos a Xela. En la noche del Viernes Santo, mientras muchos recordaban el sacrificio de Cristo, la Misión del Espíritu Santo Monte Sinaí protagonizó una escena más cercana a una telenovela de bajo presupuesto que a un acto de fe. La pastora Alma de Reyes, enfrentada con su nuera, terminó a golpes, su hijo fue hospitalizado y el templo se viralizó en redes. El mensaje evangélico quedó sepultado bajo una montaña de jalones de pelo y gritos desaforados.

En Guatemala, al parecer, hemos sustituido el diálogo por los puños. Si no estás de acuerdo, te empujo. Si no te gusta la agenda, te quito la palabra… o el micrófono. Si no compartes la fe, te golpeo con la Biblia, literalmente. El clima de tensión que antes se resolvía con argumentos, ahora se define por cuántas veces se puede levantar la mano… para cobrar o para golpear.

Mientras tanto, el Ministerio Público, bajo la dirección aún de Consuelo Porras, entra en su último año de gestión con más denuncias que credibilidad. ¿Cómo recordaremos su legado? ¿Justicia o persecución?

El gobierno ha reaccionado, ha pedido reformas, ha convocado a la ciudadanía, ha alzado la voz. Pero el Congreso —ese mismo donde vuelan los arañazos y se multiplican los sueldos— ha optado por el silencio. No hay voluntad. No hay agenda. Solo hay pugnas internas por quién manda más o cobra mejor.

El expresidente del Congreso, Roberto Alejos, lo resumió con claridad: el hemiciclo se ha convertido en un espacio de irrespeto, donde la dignidad parlamentaria se negocia con silencio. Aunque quizá se equivoca; ya no se negocia, se ha abandonado. Porque la dignidad en el Congreso no está en crisis. Está en huelga.

Mientras tanto, una ciudadanía joven, hiperconectada por las redes sociales, vive informada —o desinformada— a golpe de scroll. Pero esa conectividad no garantiza participación política. Muchos jóvenes, aunque a un clic del poder, se sienten desconectados de los problemas estructurales del país; saturados, desencantados o inmunizados por el eterno déjà vu de corrupción, impunidad y circo mediático.

¿Qué tipo de representantes tenemos cuando, ante el tema de sus salarios, apagan los micrófonos? ¿Qué tipo de iglesia se construye cuando su líder termina en lucha libre con su familia, y aún exige comprensión porque “el video está fuera de contexto”? Descontextualizados los dejaron… los golpes.

Guatemala no necesita más peleas ni más excusas. Necesita rendición de cuentas, justicia y sentido común. Necesita que la política no sea un ring y que el templo no sea un campo de batalla.

Pero mientras los golpes se viralizan y las reformas se aplazan, seguimos como espectadores de un espectáculo decadente, donde la única constante es el cobro puntual… y el caos institucional.

Y si la historia tiene memoria, lo recordará todo. No como acto de fe, sino como evidencia de que aquí, en esta tierra de volcanes y vergüenzas, la lucha es real… pero por el sueldo mal ganado y el diezmo, que —según parece— ya no se entrega al cielo, sino a la cuenta bancaria del show dominical.

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